Hace poco más de 3 años, tras veintitantos trabajando por cuenta ajena, decidí dar el salto y emprender mi propio negocio. Y no es que estuviera a disgusto en mi anterior empresa pero la idea me venía rondando por la cabeza mucho tiempo y mecida en el confort de un trabajo agradable, la había aparcado año tras año sin darme cuenta.
La cercanía de mis 40 años (con la introspección que conlleva un cambio de decena) me llevó a cuestionar mi futuro profesional. Se me echaba el tiempo encima y no había llevado a cabo este proyecto. En ese momento sólo tenía 2 opciones a elegir: ahora o nunca. Elegí ahora.
En mi entorno las opiniones variaban entre “estás loca” (estamos en crisis) y “qué valiente” (estamos en crisis). Creo que ninguna de las dos era acertada. Ni loca, ni valiente. Simplemente lo necesitaba. Crisis o no, necesitaba esa libertad de trabajar conforme a mis valores, de llevar a cabo mis propias ideas y de asumir riesgos…
Me subí a la montaña rusa…
¡Qué emocionante! Al principio era todo euforia, todo me parecía maravilloso: redactar mi plan de negocio, conocer personas nuevas, preparar la presentación de mi proyecto para conseguir financiación, buscar despacho, investigar el potencial de las redes sociales... ¡mi primer cliente! Estaba repleta de energía y apenas necesitaba dormir ni comer. ¡Estaba enamorada!
Luego vinieron los primeros errores y las dudas. Está claro que los errores son absolutamente necesarios si quieres experimentar y seguir creciendo. Pero sé por experiencia que en ocasiones resulta difícil encontrar la energía para construir sobre ellos y más cuando los que te dijeron en su día “estás loca” aprovechan ese momento para decirte “ya te lo dije”… (Grrrrr)
Mantener la confianza y la frescura inicial día tras día es complicado. Hay que esforzarse para ello, detectar la negatividad en cuanto aparece y rechazarla. Para que un proyecto salga bien hay que seguir enamorado. Si no es así, no merece la pena. Oí en la película Tapas una frase que me parece muy acertada: “El amor es como las plantas. Hay que regarlas todos los días.” Creo sinceramente que esto se aplica perfectamente a un proyecto empresarial, también: hay que mimarlo, todos los días, y cuestionarlo para que siga siendo motivador.
Mi receta para seguir enamorada contra viento y marea: rodearme de personas enamoradas. Fuera negatividad. Los Autónomos, especialmente ahora, necesitamos ser positivos y solidarios: compartir experimentos, indagaciones, errores y aciertos. Romper con la soledad del emprendedor y con el victimismo en el que podemos caer con una crisis como la que estamos viviendo.
Esta primera entrada es un tributo a esas personas que me rodean, autónomas también, con grandes valores morales como la empatía, la honestidad y la generosidad. Personas que se prestan con facilidad a Brainstormings, a aportar un ojo crítico y constructivo a los proyectos ajenos o que simplemente se ofrecen para escuchar cuando lo necesitas. Se reconocerán. :-)
Anoche una persona cercana me preguntó si no echaba de menos la estabilidad de mi anterior empleo y “lo bien que vivía entonces”. Le respondí que ahora es cuando me estoy sintiendo viva. Estoy aprendiendo más que nunca. Descubriendo facetas de mí que desconocía. Este trepidante viaje puede resultar agotador pero no cambio la montaña rusa por un simple tío vivo por todo el oro del mundo.
Y tú ¿Por qué decidiste hacerte autónomo/a?

No hay comentarios:
Publicar un comentario