Hace unos años, recién aprobado un curso de Formación para Formadores y con la certeza de que ser formadora era algo que me gustaba y que iba a hacer bien, contactó conmigo una empresa para ofrecerme un puesto de trabajo.
La primera entrevista se desarrolló con la que iba a ser mi jefa directa en el departamento de formación: Katherine. No suelo ponerme nerviosa en entrevistas de trabajo, por tanto, desde el primer minuto se estableció una buena relación entre las dos. Conversamos tranquilamente, entendí que podía aprender mucho de su experiencia y esto me tranquilizó todavía más, considerando que iba a poder disfrutar de sus conocimientos en la que iba a ser mi primera experiencia como formadora. Al salir de esta entrevista, tenía la certeza de que me iban a contratar.
Me convocaron para una segunda entrevista, esta vez en presencia del responsable de informática, dado que el puesto que me ofrecían era impartir formación para el uso de las nuevas herramientas informáticas que se iban a implementar en la empresa. Esta segunda entrevista era una formalidad, según Katherine. Ella tenía claro que me quería contratar a mí, pero éramos 3 candidatos y como el puesto incluía una parte de Help Desk, en informática querían asegurarse de mis conocimientos en la materia.
No recuerdo el nombre del director de informática, sin embargo me marcó. Diremos que se llamaba Pierre. En cuanto empezamos a hablar Pierre me pareció hostil y me fui poniendo nerviosa. Por cada pregunta que me iba haciendo peor respuesta daba. Me sentía cada vez más tensa. Se me quedaba la mente en blanco. Me iba encogiendo. Un auténtico calvario. Salí de allí totalmente desanimada, me sentía tonta y tenía la certeza de que no me iban a contratar.
Katherine me llamó por teléfono y me preguntó qué me había pasado, a lo que no supe responder. Me indicó que su elección seguía siendo yo y que había conseguido convencer para que se me contratara, pero que iba a tener que demostrar que ante un grupo difícil no me iba a desmoronar.
Este vídeo de TED Talk explica perfectamente lo que me pasó aquel día.
La inexpresividad de Pierre, con la mirada fija sobre mí, unas facciones que no reflejaban ningún tipo de sentimiento, ni positivo ni negativo, me desestabilizó. En lugar de ver lo que era realmente, una persona excesivamente tímida, vi hostilidad. “Los nervios” (el cortisol) hicieron el resto, dejándome la mente en blanco.
El año que pasé en aquella empresa fue muy extraño. Dentro de la sala de formación me encontraba como en casa. Disfruté muchísimo preparando los cursos e impartiéndolos y esto se notaba en las evaluaciones que rellenaban los alumnos al finalizar cada taller. Pero fuera de la sala de formación, me sentía incómoda. Evitaba por todos los medios acercarme al departamento de informática, que por suerte se encontraba en otro edificio, para no cruzarme con Pierre. Y cuando me lo encontraba, ¡balbuceaba un buenos días o buenas tardes y me iba corriendo!
Durante mucho tiempo, le he dado vueltas a esa entrevista. Nunca me había pasado y nunca me ha vuelto a pasar. No entendía cómo me había podido amedrentar tanto, siendo que estaba pasando por una época bastante buena: estaba segura de que iba a encontrar trabajo (esto era París en los 90), incluso me había permitido unos días antes “jugar” con el test psicológico de selección de otra empresa, respondiendo “bien” a las diferentes preguntas. Había descubierto que la empresa en cuestión formaba parte de una secta y que el test trataba de identificar a personas con personalidades apocadas, manipulables, … (Todo lo contrario a lo que se requiere para impartir formación). Respondí tan “bien” a las diferentes preguntas que me quisieron contratar. Les dije que no, claro. :-)
Por tanto, no estaba desesperada por encontrar trabajo, me sentía segura de mi capacidad y sin embargo, en unos minutos de entrevista, esa seguridad se había desvanecido y además, ese pequeño lapso de tiempo (la famosa “primera impresión”) había incidido en toda mi relación posterior con Pierre (o mejor dicho, la ausencia de relación).
Ahora entiendo que mi actitud ante la inexpresividad de Pierre había sido de “empequeñecimiento”. Si hubiese adoptado una postura más poderosa, incluso fingida, en el momento de la entrevista, habría logrado controlar los nervios y probablemente habría sido, otro cuento…
¡No te pierdas el vídeo!
